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Enciclopedia del Tango
 
Barrios
Los Barrios

Buenos Aires fue una ciudad que creció a partir de la inmigración, de una manera extraordinaria, por eso los límites en los que terminaba la ciudad y comenzaba el campo,  o tal vez,  desde la perspectiva del gaucho marginado, donde concluía la pampa y comenzaba la ciudad, se fueron ampliando permanentemente. Lo que nosotros denominamos orilla y otros prefieren llamar arrabal, se alejaba a medida que se instalaban los “hombres de buena voluntad que venían a pisar suelo argentino”

  Los primitivos barrios porteños, seguramente, tienen su origen en las parroquias que la fe católica fue instalando en la ciudad.  Hacia el año 1769, el obispo Manuel Antonio de la Torre, dispuso la división de la ciudad a partir de su casco histórico, la Catedral,  en cuatro parroquias, San Nicolás, La Piedad, Concepción y Montserrat, que respondían a otros tantos barrios de la ciudad.

   Pero no menos importante, es consignar que, desde tiempos remotos,  y como una suerte de isla en medio del desierto que constituía la pampa,  apareció una institución que fue a la vez,  sitio  para el aprovisionamiento de las necesidades más elementales del gaucho,  el  lugar para comerciar los cueros y otros productos de que disponía y el ámbito propicio para su esparcimiento y socialización.  Ese lugar fue la pulpería, en torno a la cual se instalaron los caseríos que con el tiempo, se transformaron en muchos de los barrios de la ciudad. Los asentamientos militares, como las baterías en la actual zona de Retiro, las postas de carretas, los lugares donde se establecieron sitios de diversión, como la plaza de toros, las barracas para el movimiento comercial y hasta aquellos lugares distantes y de difícil acceso, que ofrecían cierta protección a las personas al margen de la ley, sirvieron también, como origen de nuestros barrios. Esto sin olvidar que, en otros casos, el afincamiento de algunas colectividades, como los genoveses en la Boca, o en Villa Crespo la colectividad judía, sirvieron también, como elemento importante para definir el perfil de esos barrios.

Con la llegada de la inmigración, los barrios se fueron poblando y en las primeras décadas del siglo XX, la separación entre los mismos, comenzó a ser alguna  calle y no una extensión desierta con reminiscencias pampeanas.  De todas formas Buenos Aires crecía en extensión y no en altura, recién en 1919, el empresario Luis Barolo, decidió la construcción  del edificio más grande  de Sud América, con 18 pisos de altura y una torre que contenía un potentísimo faro giratorio de 300.000 bujías.  Este edificio, realizado en estilo gótico romántico, finalmente se inauguró en el año 1923 y se halla emplazado en la Avenida de Mayo, entre las calles Santiago del Estero y San José.

  Pero como decíamos al principio del párrafo, los barrios eran otra cosa y la vida en ellos, también resultaba diferente a la de la ciudad orgullosa y elegante que competía con las grandes metrópolis europeas. En realidad,  se podría afirmar que existía, en aquellas primeras décadas del siglo, una diferencia manifiesta entre “las dos Buenos Aires”,  la primera la del centro y los barrios elegantes de la zona norte, era la que deslumbraba a los extranjeros que por ella pasaban, una ciudad que resultaba distante para el porteño del barrio y era su imagen, como una lujosa postal, que trasladaban esos mismos viajeros.
  La vida del hombre común transcurría en la otra Buenos Aires, en la del barrio y hasta podría decirse que en ese ámbito menor, que era el de su cuadra y de su esquina.

  Es por eso que cuando a un porteño se le preguntaba de donde era, inmediatamente  respondía haciendo referencia a su barrio de origen y así afirmaba ser de Flores, Caballito, Retiro, La Boca, Barracas, San Telmo, Montserrat o cualquier otra de las circunscripciones en que se divide la ciudad.  Es que en el barrio, el hombre encontraba sus afectos más preciados,  su casa natal,  la barra de la esquina, el colegio,  el potrero donde acunó sus sueños de futbolista, el recuerdo de su primera novia y finalmente el lugar donde adquiría definitivamente su condición de hombre, el café, que era al decir de Enrique Santos Discépolo, “como una escuela de todas las cosas” y  al que, en una muestra de la importancia asignada,  consideraba como  “lo único en la vida que se pareció a mi vieja”.

Probablemente, el caso del Barrio Nazca, sirva como ejemplo para ilustrar el crecimiento barrial. Hacia 1920, se comienza a lotear el lugar, que era una zona de quintas y hornos de ladrillos y al que la gente, de a poco fue llegando, para construir su casa. En forma paralela y por un convenio firmado con la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, la Compañía de Construcciones Modernas, construyó una cantidad de viviendas similares, pero no colectivas, conocidas como las “casitas baratas”, aunque en realidad las viviendas no eran tan baratas, ya que se pagaban durante 30 años en cuotas mensuales de $ 85.- y no estaban al alcance de un obrero no calificado, que percibía esa suma como ingreso mensual. De todas formas, el esfuerzo individual y las citadas casas construidas en serie, hicieron posible uno de los tantos barrios formados en torno a la ciudad.

Todo ese mundo del barrio es tomado y descripto con una exactitud inigualable por el tango,  cada barrio, cada lugar, cada personaje ha sido fielmente recreado por nuestros poetas populares que han sabido captar, estos aspectos materiales, como los cambios edilicios, y la aparición de los distintos elementos que iban marcando el progreso, pero por sobre todo, han rescatado algo mucho más importante:  la sensibilidad de la gente que los habitaba.
     Por eso, cuando se hace mención al contenido de las letras de tango, se debe señalar, que uno de sus temas principales es, precisamente, el barrio, lo que no hace sino confirmar lo dicho, respecto de la importancia que este tiene en la vida del porteño y por lo tanto lógica la tentación de intentar reproducir algunos versos de esas letras, para ilustrar lo expuesto, sobre todo si advertimos que muchas de ellas, se encuentran entre las más bellas e inspiradas que produjo la literatura tanguera.

    No obstante, en absoluta concordancia con el espíritu de nuestro trabajo, las referencias utilizadas tienen por finalidad, el análisis de los aspectos sociales, más que el hecho artístico, por esa razón, la ausencia de algunas letras, en modo alguno deben considerarse como una omisión, es simplemente consecuencia, de la existencia de una producción tan rica, que permitiría la utilización de una cantidad ilimitada de ilustraciones tangueras que exceden la intención de nuestro trabajo.  

 Un ejemplo sobre la identificación del porteño con su barrio y la separación del mismo respecto de ese centro, que como decíamos, podía ser el destino final de sus triunfos y de sus ambiciones, o la fuente de la perdición, lo encontramos en“Tango Argentino”, un tema grabado por Carlos Gardel, el 11 de diciembre de 1929 y que pertenece a la autoría de Juan Maglio “Pacho” y Alfredo Bigeschi. En esta obra se afirma que el tango  “nació en la miseria del viejo arrabal” se dice  que “en los patios con kerosene alumbrado los taitas te han proclamado el alma del arrabal” para rematar finalmente diferenciando las dos Buenos Aires:

“¿qué quieren aquellos jaileifes del centro,
que te han disfrazado y te han hecho un bacán?
serás siempre extraño en tu aristocracia
en cambio sos hijo allá, en tu arrabal”.

También esta diferenciación con respecto al centro, y sobre todo a lo que éste representaba, aparece en “Boedo”, obra de Julio De Caro, con versos de Dante Linyera, en este caso referida específicamente a la polémica literaria entre los grupos de Florida y Boedo:
Que quiere hacer la elegante Florida...
si tú pones las notas de los tangos
como una flor en el ojal prendida
en los cien balcones de  mi gran ciudad.

En su obra “Mentalidades Argentinas 1860-1930”, A. J. Pérez Amuchástegui,  quien también utiliza al tango como  elemento testimonial, importante para el análisis de la personalidad de los argentinos y en especial del porteño, afirma “El porteño de antes, tan despreocupado de todo, quería sin embargo a su barrio porque el barrio era parte de su vida”  claro que para darle sustento a su teoría agrega “lo único auténticamente sentimental del tango se relaciona con el barrio: San Telmo, Barrio de Flores, Melodía de arrabal, en fin, son composiciones sinceras y cordiales, sin amores dolosos, sin odios, sin crueldades, que cantan a la novia adolescente, la barra amiga, las calles “con muros pintados de luna y de sol” y “el alma del barrio, inquieta como la de un gorrión “. 

Es obvio que la asignación del carácter sentimental,  solamente a este aspecto del tango, resulta para nosotros imposible de compartir, de todas formas en este caso resulta interesante la referencia, porque coincidimos con su visión, respecto a la importancia del barrio en la vida del porteño.  Por otra parte, y aunque en general, la opinión del autor sobre el tango es negativa,  esto en modo alguno, invalida el valor de su tarea en pos de descifrar la personalidad del habitante de Buenos Aires, más allá de que en muchos casos no compartamos sus conclusiones.

No quedan dudas que el barrio es para el hombre de la ciudad, más que una referencia geográfica, un hecho entrañable, que no necesariamente coincide con los límites establecidos por el catastro municipal.  Un ejemplo de esta afirmación, es el tango “Tres esquinas”, cuya letra fue compuesta en 1940, por Enrique Cadícamo, sobre música de los maestros Angel D’Agostino y Alfredo Attadía, y que resultara una de las más exitosas creaciones, del binomio D’Agostino-Vargas.  Los versos de este tango dicen:
Yo soy del barrio de 3 esquinas
viejo baluarte de un arrabal
. . . . . . .
Soy de ese barrio de humilde rango,
yo soy el tango sentimental . . .

   Para terminar  identificándolo como ajeno al presente:
Yo soy del barrio que vive aparte
en este siglo de Neo-Lux

  En este caso el barrio para el protagonista, se reduce a la pequeña geografía de esa esquina de Barracas, ubicada en la intersección de la avenida Montes de Oca con la calle Osvaldo Cruz, donde existía un café con ese nombre, que se originaba en la inexistencia de una esquina, debido al trazado del ferrocarril de cargas que por allí corría.  En el citado tango aparecen otros dos elementos importantes para tener en cuenta, ya que son habituales en las letras, la humildad y las referencias al progreso.

     En todos los casos, el barrio es la manifestación del crecimiento de la ciudad y es el reflejo de sus habitantes, de esos hombres humildes, llegados de todas las geografías, cuya propia pobreza le da al barrio esa característica. Una de las obras representativas de lo expuesto es "Barrio reo" un tango compuesto por Roberto Fugazot y cuya letra pertenece a Alfredo Navarrine, escrito y estrenado en la ciudad de Montevideo, en el año 1926 cuyo título original era “Barrio Reus”, en referencia al barrio montevideano de ese nombre.  Sus primeros versos son ilustrativos:
Viejo barrio de mi ensueño,
el de ranchitos iguales,
como a vos los vendavales
a mí me azotó el dolor.

      Los cuatro versos reproducidos,  van caracterizando su condición de humilde, lo que no impide que el autor, más adelante lo llame “barrio lindo”, dejando claro que la humildad y la belleza son absolutamente compatibles. Este tango, como cualquiera de los tantos escritos en Buenos Aires o Montevideo, puede mostrar la similitud entre los barrios de ambas márgenes del Plata, porque más allá de las divisiones geográficas, sus habitantes integran una verdadera unidad espiritual.

      En esa línea, otro tango compuesto en el año 1926 por Francisco García Jiménez, con música de Vicente Belvedere, lleva como título precisamente “Barrio pobre”,  en sus versos que hablan de la pobreza material del hombre y su hábitat, queda, no obstante, espacio suficiente para reflejar ese sentimiento de cariño y pertenencia, que liga al hombre de Buenos Aires con su barrio,
Barrio de mis sueños más ardientes,
pobre cual las ropas de tu gente,
para mí guardabas toda la riqueza
y lloviznaba la tristeza
cuando te di mi último adiós.

   Seguramente comparar la pobreza del barrio con las ropas de su gente, significa un verdadero hallazgo poético de García Jiménez y una perfecta síntesis, de las características de esos barrios que hicieron crecer a la ciudad.
    Un análisis más profundo de las letras, nos permiten una mejor comprensión de la realidad social de esos años. Es que, en la mayoría de los casos, se habla de pobreza y no de marginalidad delictiva,  porque  los barrios fueron la obra de gente honrada y trabajadora que buscaba un destino mejor, el país crecía y todos soñaban con un progreso permanente, la movilidad social era también un imán para los inmigrantes que nuevamente llegaban a estas tierras.  
    El barrio resultaba, por ese tiempo, tan significativo en la vida de sus habitantes que  Benjamín Tagle Lara,  en “Puente Alsina”, lo asimila a la madre del protagonista y no duda en afirmar: ...

¡Mi barrio es mi madre que ya no responde!
¡Que digan adónde lo han ido a enterrar!

    Los versos de esta obra hacen referencia a otro aspecto característico de los barrios, que nos parece importante señalar: los cambios permanentes que iba produciendo el progreso.  En efecto dice el protagonista del tango de Tagle Lara
Borró el asfaltado,  de una manotada,
la vieja barriada que me vio na
 .  .  .  .  .  .  .
Puente Alsina, que ayer fuera mi regazo,
de un zarpazo la avenida te alcanzó...
Viejo puente, solitario y confidente,
sos la marca que,  en la frente,
el progreso le ha dejado
al suburbio rebelado
que a su paso sucumbió.

 Ese crecimiento de una ciudad que se renovaba al ritmo de un progreso incesante, que había convertido a la “gran aldea”  de mediados del siglo anterior en esa orgullosa metrópolis capaz de competir con cualquier ciudad del mundo, tenía pues su reflejo en el tango. Si hasta parece que el autor,  al decir: “Borró el asfaltado, de una manotada,/ la vieja barriada que me vio nacer”, quisiera dejar constancia de una característica que todavía hoy nos es propia, esa de ir destruyendo constantemente todo rastro del pasado inmediato.
 

Libro: De Yrigoyen a Pugliese. La sociedad, el hombre común y el tango. (1916- 1943)
Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio Etchegaray 

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