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Enciclopedia del Tango
 
Criollismo
Martín Fierro: La Biblia gaucha

Este, como tantos otros adjetivos, han acompañado la obra desde la aparición de la primera parte del poema “El gaucho Martín Fierro”,  lo cierto es que desde ese año 1872 se ha convertido en la obra cumbre de nuestra literatura y más allá del transcurso del tiempo,  es una fuente en la que siguen abrevando, todavía los argentinos de todos los niveles sociales y culturales. Esto obliga a tratar de establecer las causas por las cuales se produce esta circunstancia y las características propias de la obra que hacen que esto sea posible.
 

El personaje
Cuando Sarmiento planteó en su Facundo la disyuntiva: “Civilización o Barbarie”, tenía muy en claro que la barbarie era ese sector de la población, el gaucho, cuya existencia entraba en el camino de la extinción definitiva.  Era esa raza de desheredados a quienes, según el diario “La Nación”, se trataba con la misma dureza con que los españoles habían tratado a los indios. 

Por eso en diciembre de 1872, en la carta al editor del poema, José Zoilo Miguens, el autor le dice, refiriéndose a su pobre Martín Fierro,  “No le niegue su protección, usted que conoce bien todos los abusos y desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país”... “Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le es peculiar; dotándolo con todos los juegos de su imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado”. 

Resultan también ilustrativos,  algunos conceptos contenidos en la carta a los editores de la octava edición de 1874: “Para mí, la cuestión de mejorar la condición social de nuestros gauchos no es sólo una cuestión de detalles de buena administración, sino que penetra algo más profundamente en la organización definitiva y en los destinos futuros de la sociedad, y con ella se enlazan íntimamente, estableciéndose entre sí una dependencia mutua, cuestiones de política, de moralidad administrativa, de régimen gubernamental, de economía, de progreso y de civilización”. . . “ ese gaucho, debe ser ciudadano y no paria; debe tener deberes y también derechos, y su cultura debe mejorar su condición. Las garantías de la ley deben alcanzar hasta él, debe hacérsele participe de las ventajas que el progreso conquista diariamente; su rancho no debe hallarse situado mas allá del dominio y del límite de la Escuela”. 
 
 En las palabras de Hernández se resume la intención del autor: permitir que el gaucho ocupe en esa nueva estructura social que diseñaba la oligarquía gobernante, el lugar que por su importancia en la historia nacional, le correspondía por legítimo derecho.  Nada de eso sucedió y en la “La vuelta de Martín Fierro”, veremos a un gaucho que deberá conformarse y aceptar el nuevo orden social,  que ya no lo contempla. 

    El libro que aparece como un modestísimo folletín,  ignorado por la clase ilustrada, se transforma en artículo de primera necesidad en el campo, donde es recibido por los paisanos como lo que realmente era, la auténtica representación de su vida y sus padeceres.  Es muy conocida la afirmación de Nicolás Avellaneda,  pero vale la pena recordarla por lo ilustrativa que resulta para apreciar la importancia que tenía el libro entre las poblaciones rurales: “Uno de mis clientes, almacenero por mayor, me mostraba ayer en sus libros los encargos de los pulperos de campaña: 12 gruesas de fósforos, una barrica de cerveza, 12 Vueltas de Martín Fierro, 100 cajas de sardinas”.
Para el hombre de nuestra campaña el libro era su canto:
 
Aquí me pongo a cantar
          al compás de la vihuela,
          que el hombre que lo desvela
          una pena estrordinaria,
          como la ave solitaria
         con el cantar se consuela
                                 . . . . .
        Yo he conocido esta tierra
        en que el paisano vivía
        y su ranchito tenía
        y sus hijos y mujer. . .
        Era una delicia el ver
         como pasaba sus días.
                       . . . .
        Tuve en mi pago en un tiempo
        hijos, hacienda y mujer,
        pero empecé a padecer,
        me echaron a la frontera
        ! y qué iba a hallar al volver!
        tan sólo hallé la tapera.

            

El canto, la añoranza del bien perdido, el peligro que representaba para el gaucho  su  incorporación a los ejércitos, destinados a combatir al indio en la frontera, en síntesis, las cosas que interesaban y padecía el hombre, facilitaron seguramente la difusión en la campaña, de una obra que podía adquirir forma oral como el canto del payador, lo que  facilitaba su llegada a un público, entre los que había una gran cantidad de analfabetos.

Cierto es que al tiempo de publicación de la segunda parte del poema, se llevaban vendidos 72.000 ejemplares, cantidad que resultaba una cifra extraordinaria para la época. 

En la anteriormente citada carta al editor de la primera edición, el mismo Hernández tal vez explique el misterio al decir: “... la empresa habría sido para mí más fácil y de mejor éxito, si sólo me hubiera propuesto hacer reír a costa de su ignorancia”,... “pero mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus virtudes”...“Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo abundante en metáforas, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo constante de comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus reflexiones con el sello de la originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen, revelándose en ellas esa especie de filosofía propia que, sin estudiar, aprende en la misma naturaleza”.

Cuando en 1879 aparece la segunda parte del poema, en una edición de “Librería del Plata”, adornada con diez láminas, como ya señaláramos, es otro el mundo en que vive el autor.

  Está establecido en Buenos Aires, en compañía de su esposa y de sus hijos y han cesado las persecuciones por su participación en las acciones militares junto a López Jordán. El proyecto político de la oligarquía gobernante, con las consiguientes modificaciones en lo social y, por supuesto en lo económico,  se hallaba consolidado.

En todo caso las divergencias eran matices dentro de un mismo modelo.  La causa del gaucho ya se halla irremediablemente perdida, por lo que desaparece el aspecto reivindicativo del hombre,  no obstante lo cual el libro sigue aportando enseñanzas morales y en todo caso por oposición refleja, como cuando hace hablar al “viejo Vizcacha”, una ácida crítica a las debilidades humanas y al comportamiento de aquellos, que como el alcalde y el juez de paz, no cumplen con sus funciones.

Canta el pueblero... y es pueta;
canta el gaucho... y ¡Ay Jesús!
lo miran como avestruz,
su inorancia los asombra;
mas siempre sirven las sombras
para distinguir la luz.
                  . . . .
La marcha de Fierro a las tolderías sirve para que el gaucho explicite su tradicional enemistad con el indio, su descripción sobre la vida y el comportamiento social de este,  ayudan a justificar el injusto genocidio aborigen y las atrocidades de la campaña al desierto del general Roca:
               . . . .
El indio pasa la vida
robando o echao de panza;
la única ley es la lanza
a que se ha de someter,
lo que le falta en saber
lo suple con desconfianza.

En ese sentido abunda en argumentos en contra del “salvaje” como cuando relata
. . ..
No preciso juramento,
deben crerle a Martín Fierro:
he visto en ese destierro
a un salvaje que se irrita,
degollar una chinita
y tirárselá a los perros.                                            
                                            
He presenciado martirios,
he visto muchas crueldades,
crímenes y atrocidades
que el cristiano no imagina;
pues ni el indio ni la china
saben lo que son piedades
El abandono de las tolderías que le sirvieron de refugio a él y a su compañero Cruz,  que murió entre “infieles”, lo hace en compañía de una pobre mujer cautiva:

 “Áhi mesmo me despedí
  de mi infeliz compañera.
  Me voy -le dije- ande quiera,
  aunque me agarre el gobierno,
  pues infierno por infierno,
  prefiero el de la frontera.”
                        . . . .
En estos versos referidos al indio, tal vez se encuentre el punto mas débil del poema, que impide reivindicar enteramente el contenido de la obra como modelo de defensa de los sectores sociales más desprotegidos, el aborigen y el negro no han sido tratados como merecían en la obra de Hernández, lo que no impide considerarla de enorme valor en la defensa del gaucho. 

 Al avanzar la obra se entera Martín Fierro, como le sucede a Hernández, que ya no era perseguido por el gobierno y se reencuentra con sus hijos y el hijo de su amigo Cruz y hasta con un hermano del moreno que Fierro había matado.  Luego del relato de sus vidas y de una payada con el negro, que felizmente no terminó en desgracia, a pesar de que según se cuenta en el poema:
                                            
                     . . . .
Todo el mundo conoció
la intención de aquel moreno;
era claro el desafió
dirigido a Martín Fierro,
hecho con toda arrogancia,
de un modo muy altanero.
                     . . . .
Los hombres se separan y Martín Fierro, con prudencia, como consta en el relato le deja a sus hijos y al de Cruz,  una serie de consejos que constituyen un legado intemporal de sabiduría popular y de un valor moral supremo que por si solos hacen de este libro un verdadero tesoro que explica su vigencia a través del tiempo.

Un padre que da consejos
más que padre es un amigo;
ansi, como tal les digo
que vivan con precaución:
naides sabe en qué rincón
se oculta el que es enemigo.
. . . .
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas.
  . . . .
Muchas cosas pierde el hombre
que a veces las vuelve a hallar;
pero les debo enseñar,
y es bueno que lo recuerden:
si la vergüenza se pierde
jamás se vuelve a encontrar.
. . . .
Respeten  a los ancianos
el burlarlos no es hazaña;
. . . .
pero el hombre de razón
no roba jamás un cobre,
pues no es vergüenza ser pobre
y es vergüenza ser ladrón.
. . . .
Mas naides se crea ofendido,
 pues a ninguno incomodo;
y si canto de este modo
por encontrarlo oportuno,
NO ES PARA MAL DE NINGUNO
SINO PARA BIEN DE TODOS.

Con estos versos cierra Hernández su genial poema que forma parte del más rico tesoro cultural de los argentinos, y que como decíamos conserva la lozanía de las obras trascendentes del pensamiento universal.

Libro: De la Vigüela al Fueye

Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio Etchegaray

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