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Enciclopedia del Tango
 
Lugares de Tango
El Café

Muy pocas instituciones tienen en la vida de los argentinos,  tanta trascendencia y prestigio  como el café.  Por otra parte cuando Enrique Santos Discepolo escribió Cafetín de Buenos Aires, fijó en tres frases, los atributos definitivos de su grandeza para la cosmovisión del porteño: “Como una escuela de todas las cosas”, “sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja”, “Me diste en oro un puñado de amigos”. La escuela de todos los aprendizajes, el culto supremo que hace de la amistad y la veneración por la madre, resumidos en un solo ámbito, el café, hacen muy difícil la tarea de explicar que esta institución no nació con el tango.

Es que,  si además pensáramos en esos cafés de la Boca de fines de siglo, los que en torno a la mítica esquina de Suarez y Necochea, cobijaron los sueños de Villoldo, Arolas, Bardi, Canaro, Greco, Filiberto y tantos otros, dan ganas de apartarse de la verdad histórica y decir que el café nació con el tango.      
                                                                         
Lamentablemente la cuestión no es así, el café vino a estas tierras junto con los españoles.  Ya en la época colonial existían estos establecimientos con villares,  - tal la denominación antigua del actual billar- que, por otra parte,  era lo que permitía la categorización de los mismos,  según la cantidad de estos juegos.  Los primitivos cafés, que seguramente alteraron de algún modo la pacífica vida de la ciudad, en poco tiempo dejaron de ser solamente el sitio para el consumo de bebidas y el encuentro social y se transformaron en el  lugar de encuentro de los jóvenes criollos influidos por las nuevas ideas políticas que culminarían con la Revolución de Mayo.

La historia ha conservado el nombre de muchos de esos primitivos establecimientos, pero tal vez, como una síntesis de la importancia de los mismos, durante la etapa colonial y los primeros años de vida independiente, nos referiremos al que, seguramente, resultó el más representativo de todos ellos;  el Café de Marco, ubicado en la esquina de Bolívar y Alsina.  Nacido con el nuevo siglo, este café de “dos villares”, se constituyó, prácticamente desde su fundación, en el centro de la actividad política de la ciudad.  Los jóvenes tuvieron, en las tertulias de este café, sus primeros sueños revolucionarios, y sus mesas fueron  testigos mudos, de la honda separación entre unitarios y federales que desangró al país en las décadas siguientes. 

Pese a los sinsabores de una época tan difícil, la vida romántica de la ciudad, no estuvo ausente en las charlas cotidianas del café,  allí se gestó, y de sus veredas partieron los jóvenes que protagonizaron uno de los acontecimientos sociales más bellos de la época. 

Es que una gigantesca serenata, en la que los jóvenes transportaron hasta el piano para hacerla posible, recorrió las calles de Buenos Aires en 1836, para concluir en el balcón de Manuelita.  El traslado de las familias tradicionales,  luego de la epidemia de fiebre amarilla, y los cambios que se dieron en la segunda mitad del siglo,  significaron el final del café más representativo de la “gran aldea”.

Los nuevos tiempos traerán aparejados nuevos establecimientos, en absoluta concordancia con un país que crecía, los cafés se construyen con un estilo lujoso y refinado y adoptan el nombre de  confiterías como “El Aguila”,  que en sus distintos emplazamientos,  recibía a las familias mas acaudaladas o la “Confitería del Molino”, donde era posible la convivencia de políticos, intelectuales, personalidades del exterior que visitaban la ciudad, junto con lo más distinguido de la sociedad.

Esos establecimientos convivirán con los cafés literarios. Seguramente el caso del “Café de los  Inmortales”, llamado en sus comienzos “Café Brasil”, en homenaje al aviador brasileño Santos Dumont, resulte el más representativo de esos lugares capaces de propiciar el encuentro de artistas, e intelectuales de la valía de Florencio Sánchez, Evaristo Carriego, Horacio Quiroga por citar sólo a algunos de los que se acercaban a sus mesas.

Pero no fue éste el único de los tantos cafés literarios, que contribuyeron a dar brillo intelectual a las noches de la ciudad, en esa categoría deben incluirse “El Tortoni”, “La Richmond Florida”, “La Helvética”, el “Café El Ateneo” o la cervecería “Aue’s Keller",  muy ligada a la redacción de la legendaria revista “Caras y Caretas” y en cuyas mesas, alguna vez soñó sus poemas nada menos que Rubén Dario.

La Avenida de Mayo,  contribuyó con los cafés que a lo largo de ella se instalaron,  a dar a la ciudad un aspecto típicamente español y  permitió,  a su numerosa colectividad y a los artistas que llegaban de España, encontrarse con un rincón de su tierra.

Con el crecimiento de la ciudad, en todos los barrios se instalaron cafés,  que bien pudieron servir a la inspiración del gran “Discepolín”, pero esos cafés, como los de la calle Corrientes ya pertenecen a los dominios del tango.  Es que, como decíamos, esta “especie en franco peligro de extinción”,  pasó a ser propiedad del mágico mundo del tango casi tanto como el bandoneón. 

Pero éste es un aspecto de la vida cultural de la ciudad,  del que se han ocupado numerosos autores que, dicho sea de paso,  han realizado excelentes trabajos.  Nuestra intención ha sido, simplemente, buscar los antecedentes que dieron lugar al nacimiento del café, verdadero templo pagano de la devoción tanguera del porteño.  

 

Libro: De Garay a Gardel

Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio Etchegaray


 

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