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Enciclopedia del Tango
 
Lugares de Tango
La Pulpería

Con este nombre se designó, prácticamente desde la llegada de los españoles, a aquellos establecimientos que en América,  se dedicaban al comercio de toda clase de objetos, destinados a atender las necesidades de la población.  En realidad la actividad que se desarrollaba en las pulperías era tan amplia, que el gaucho no sólo se aprovisionaba de comestibles, bebidas y prendas de vestir, sino que en ella, además, podía vender los cueros que constituían la mayor parte de sus ingresos, reunirse con otros paisanos a tomar una copa, escuchar a un payador, obtener favores sexuales - las pulperías solían funcionar como prostíbulos -, o simplemente sentarse para ver pasar la vida.

    El origen de la palabra pulpería, tiene diversas acepciones, esta voz aparece en crónicas y documentos de casi todos los países de nuestra América, desde Méjico hasta la Argentina, pasando por Chile y Perú.  Es justamente en los Comentarios Reales, escritos por el Inca Garcilaso de la Vega y publicados en Lisboa en 1609, con una segunda parte de la obra, Historia General del Perú publicada en 1617, un año después de su muerte, donde aparece la primera explicación sobre el origen de la palabra “... pulperos, nombre impuesto  a los más pobres vendedores, porque en la tienda de uno de ellos hallaron vendiéndose un pulpo... “,  la importancia del autor de la obra,  quien había nacido en el Cuzco, Perú, el 12 de abril de 1539, hijo de un hidalgo español Sebastián Garcilaso de la Vega y de una princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, le da solidez a la explicación, aunque no es esta la única conjetura sobre el origen del vocablo.

Algunos autores hacen derivar la palabra de la voz pampa pulcú, explicación que no se compadece con la enorme difusión del vocablo en toda América y la escasa entidad que tenían los indios pampas, como propagadores de hábitos y costumbres.  Existe una tercera acepción de la palabra, que la hace derivar del vocablo mejicano pulque, con el que se designa una bebida espirituosa, extraída del jugo del tallo de la pita.  En realidad, como en tantos otras casos, la etimología de la palabra que al fin y al cabo es una simple convención, importa menos que la descripción de esta verdadera institución de nuestra llanura pampeana.

Es interesante recurrir al testimonio de Robert B. Cunninghame Graham, un aristócrata nacido en Londres el 24 de mayo de 1852,  quien era hijo de un militar escocés, que adquirió fama al mediar entre Simón Bolívar y Antonio Páez, y de madre española.  Este hombre, era amigo del escritor William H. Hudson que le dedicara su obra El ombú y sentía verdadera pasión por los caballos y  por lo tanto una suprema admiración por los gauchos, esos centauros a los que intentó imitar hasta en su vestimenta y sus costumbres.  Mientras vivió en el campo, junto a ellos, domó potros, corrió cuadreras, organizó riñas de gallos e intentó cazar ñandúes arrojando las boleadoras. 

En concordancia con el tiempo histórico que le tocó vivir, dedicó a los gauchos su relato. “Una raza que se extingue”.  En su libro “Temas Criollos”, hace una descripción de la que extraemos algunos párrafos muy interesantes,  ”Podía ser la Flor de Mayo, La Rosa del Sur o El Tres de Junio, o se la podía conocer sólo por la pulpería del Huesos o de la Esquina, sobre el Napostá. Pero,  cualquiera fuese el nombre que el azar o la imaginación de algún vasco o napolitano le hubiese dado, la veo y al verla desmonto, ato mi redomón al palenque, entro, aflojo el facón, tanteo la pistola para ver si está en su sitio y pidiendo “carlón”, recibo mi medida de vino tinto español, fuerte y capitoso, en un jarro de lata.

Mientras se lo paso a los que están allí reunidos, que apenas se mojan los labios para mostrar su buena educación, me parece sentir el vientecito incesante que sopla en las llanuras del sur. . . . Las señas exteriores visibles de la pulpería eran una casa baja y chata, hecha de barro, rodeada de un foso poco profundo en el que crecían cactus raquíticos y con la paja brava saliéndosele del alero. De color pardusco y aspecto polvoriento, calcinada por el sol, allí se encuentra, una isla en medio de pastos duros . . .
Como adornos interiores, la reja ante la cual se extiende un mostrador de madera, donde el gauchaje de la zona se repatinga o se sienta hamacando las piernas, con los dedos de los pies asomando de la bota de potro y marcando con el sonido de sus espuelas el ritmo del cielito que toca el payador en su vieja guitarra, cuyas cuerdas se completan con finos tientos de cuero de yegua.

Detrás de la reja, señal en la pampa del odio eterno entre los que compran y los que venden, hay unos estantes de pino amarillo en los que se apilan ponchos fabricados en Leeds, calzoncillos de confección, alpargatas, higos secos, sardinas, pasas de uva, pan- porque el pan sólo se comía en las pulperías- matras y, en un rincón, la “botellería” donde estaban el vermut, el ajenjo, la ginebra en su botellón cuadrado, el carlón y el vino seco, junto al barril de caña brasileña, sobre el cual el pulpero hace ostentación de su pistola y su cuchillo. . . . Del rancherío de barro techado de juncos que estaba más atrás, salían las mujeres que merodeaban siempre en los alrededores de una pulpería, en las zonas llamadas de tierra adentro; indias y mestizas, mulatas y algunas pocas muchachas vascas o italianas, con el objeto de compartir aquello que consideraban amor con toda la humanidad”.

Algunos aspectos que surgen de la descripción y otros no incorporados en los párrafos transcriptos, como una que hace referencia a  payadores trovando coplas extraídas de “La vuelta de Martín Fierro”, nos indican claramente que la misma corresponde al período en que ya había comenzado la extinción del gaucho. De todas formas, a partir del relato de Cunninghame Graham, se pueden extraer muchos de los elementos materiales y espirituales de la pulpería.  Es que este hombre, que tanto amó a nuestro país, donde murió el 20 de marzo de 1936 y cuyo cortejo  acompañaron los caballos criollos Mancha y Gato, aquellos que habían unido Buenos Aires con New York, dejó un testimonio valioso de lo que vio y de lo que le contaron respecto a la misma.

En lo que hace a la instalación de estos establecimientos, las primeras informaciones sobre el registro de pulperías datan de mediados del siglo XVII, y ya por esa época,  era preocupación de las autoridades, el trueque de productos sustraídos de las suertes de estancias existentes, para ser cambiados por los productos que el gaucho consumía.  Para 1764 se hallaban registradas para el pago de alcabalas (tasas), 216 pulperías.

  En 1775 por orden del Cabildo de Buenos Aires, en el término de un mes,  los establecimientos debieron instalarse en la vecindad de los sitios poblados y se prohibió a los pulperos aceptar mercaderías(cuero, grasa, lana, cebo), a cambio de los vicios (yerba, tabaco, galleta, cigarros, bebidas).  El trueque sólo era posible con los propietarios de tierras.

  La prohibición, que seguramente no fue muy respetada, trajo aparejada la aparición de la pulpería volante, que era simplemente una carreta que recorría la pampa en busca de clientes que desarrollaban actividades de carácter nómade, como los cazadores, y recibiendo en pago los productos por ellos obtenidos. Es lógico suponer que este tipo de actividad se prestaba para maniobras dolosas, y que por lo tanto fueran objeto de persecución por parte de las autoridades.  En cuanto a los productos que se vendían en las pulperías, el detalle de los mismos a lo largo del tiempo, no cambió mucho en su composición de los que describe en el relato Cunninghame Graham.  La costumbre de beber aguardiente en vaso grande y que pasaba de mano en mano, como describe Félix de Azara en un relato de 1781, fue reemplazada durante el siglo siguiente por la de beber ginebra y vinos de calidad. 

La costumbre era que alguien convidara, y era de muy mal gusto rechazar la invitación. Además de las bebidas, el tabaco y los alimentos de primera necesidad, en los inventarios de las pulperías no faltaba la sal, elemento fundamental en el proceso de conservación de carnes, la ropa, las cuerdas de guitarra, el jabón (de muy mala calidad, elaborado con sebo y sin prácticamente ningún agregado), y fundamentalmente los cuchillos, arma de defensa y elemento de trabajo fundamental para el gaucho.  Las referencias de Cunninghame Graham, sobre el consumo de pan en las pulperías, coinciden con el relato de Ezequiel Ramos Mejía, que en 1860, decía en su libro “Mis Memorias”, que los residentes en los campos apenas si probaban el pan.

Desde fines del siglo XVIII, ya aparecen en las pulperías, las hojas sueltas de poesía que solían colgarse de cuerdas para su venta (literatura de cordel), el Martín Fierro tal vez sea el caso más emblemático de la importancia de la literatura de carácter popular en estos establecimientos.  La rueda de cantores, con el payador ocupando el centro de la escena, constituía el punto más alto de la importancia que adquiría la pulpería como centro de reunión social para el gauchaje.  Las crónicas y relatos de viajeros, como el ya citado, nos permiten comprobar, también, la evolución del canto del payador.

  Es que desde la referencia de Concolorcorvo, en “El Lazarillo de Ciegos Caminantes”, sobre esos gauderios que con una guitarrita mal encordada desentonaban coplas que estropean, o que sacan de su cabeza, (en clara alusión a la convivencia del Romancero español con la improvisación pura en sus trovas), hasta la reproducción de los versos del Martín Fierro, o del Santos Vega, que se escuchan en las pulperías ha pasado mucho tiempo. El payador lentamente va incorporando los versos de la poesía gauchesca que han recibido la aprobación del pueblo, sin dejar de componer sus propias obras; ambas coexistirán en su repertorio y con el tiempo comprobaremos que, muchas afirmaciones de carácter sentencioso que adornaban su contenido, aparecerán en algunas letras de tango,  cuya poesía recibe en línea directa esta característica de la poesía payadoril.
   

La pulpería tuvo también su lugar en la Buenos Aires de la Gran Aldea, esa anterior al gran desarrollo de la segunda mitad del siglo XIX, cuando la ciudad se tocaba con la pampa; y la diferenciación con el campo solía ser una línea difusa.  De esa Buenos Aires con perfume de campo, quedaron las historias de las pulperías hermanadas en la Barracas de “la calle larga” (Avenida Montes de Oca), La Banderita (Montes de Oca y Suarez) y Tres Esquinas (Montes de Oca y Osvaldo Cruz).  De ese tiempo vienen las referencias sobre  La Blanqueada (Av. Saenz y Roca), parada obligada de troperos y reseros que llegaban a los Corrales Viejos, y uno de los lugares donde, se dice, nació el tango.

    En su libro Buenos Aires desde 70 años atrás, José A. Wilde, dedica un capítulo a las pulperías y al, por el tiempo de aparición del libro, novedoso almacén de comestibles.  Al respecto cuenta el autor: “Antes de esa época, sólo teníamos pulperías o esquinas, como también se llamaban esas casas de negocio, sin duda porque ocupaban siempre los ángulos de las calles”. En otros párrafos leemos: “A las pulperías sólo concurrían los sirvientes en busca de lo necesario para la casa, como hierba, azúcar, etc., y las gentes de baja esfera a comprar bebida que tomaban allí mismo”. . . “Originariamente, los pulperos eran, puede decirse todos españoles; más tarde, fueron reemplazados por hijos del país, quienes a su vez, cedieron el puesto a los italianos”.

  “Así como hemos dicho que los pulperos españoles iban gradualmente cediendo su puesto a los argentinos, y éstos a los italianos, así también, las pulperías mismas, fueron, poco a poco, cediendo el suyo a los cómodos, bien surtidos y lujosos almacenes que hoy vemos esparcidos por la ciudad en todas direcciones, y aun en la campaña”. Además de la denominación de esquinas, que se ha perdido en el tiempo, Wilde nos hace notar la aparición del italiano, mayoría étnica en la primera etapa del proceso inmigratorio; la transformación de la pulpería en almacén y la costumbre de consumir las bebidas donde se compraban, antecedente del almacén con despacho de bebidas, que describirán en gran cantidad de oportunidades las letras de tango.
   

Esa transición de costumbres,  producto del notable cambio que se operó en Buenos Aires, a partir de la inmigración se puede apreciar en la referencia de Cunninghame Graham sobre la actividad prostibularia en torno a las pulperías.  Allí aparecen los antiguos habitantes (indias, mestizas, y mulatas), junto al contingente que comenzaba a llegar (vascas o italianas).  La pulpería, el prostíbulo, la inmigración,  la orilla, ese lugar donde el gaucho encuentra la ciudad y que algunos prefieren denominar arrabal, van a ir interrelacionándose, con lo cual van apareciendo los eslabones iniciales en ese largo camino que nos conduce finalmente al tango.

 

Libro: De la Vigüela al Fueye

Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio EtchegarayDonde comprar.
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