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Enciclopedia del Tango
 
Barrios
En medio de los cambios políticos, como es lógico, se iba desarrollando la vida del hombre comúnpia
La casa propia

En medio de los cambios políticos, como es lógico, se iba desarrollando  la vida del hombre común. Seguramente el análisis del hábitat en que  desarrollaba sus días,  resulta fundamental para  entender su idiosincrasia, o en todo caso, es lo que nos permite acercarnos a una parte de lo que, en buena medida, constituía una de sus máximas aspiraciones, porque ese argentino que se estaba pariendo en medio de tantas cruzas,  tenía por lo general un sueño, tener la casa propia.

Es que el país crecía  y el conventillo, que había resultado el primer destino de los inmigrantes y los desplazados del país, por las nuevas formas que adquiría la economía nacional,  en modo alguno permitían dar solución al crónico problema de la vivienda. Por eso esas antiguas construcciones coloniales del casco histórico de la ciudad, recicladas, como se diría hoy, en miserables alojamientos familiares, constituían un excelente negocio para unos pocos especuladores, pero no la solución para un país que, pese a las desigualdades sociales, crecía permanentemente.

  En algunos barrios obreros,  comenzaron a construirse viviendas colectivas de chapa y madera, la nueva forma edilicia del conventillo, pero con idénticas limitaciones que las anteriores, para el decoro de sus humildes habitantes.  El hombre común soñaba con la casa propia y su tesón y las posibilidades que ofrecían los nuevos medios de transporte masivo, como el ferrocarril y el tranvía, hicieron el resto.

 Respecto al desarrollo de los medios masivos de transporte, resulta interesante consignar algunos datos, que nos permitirán entender la magnitud de los mismos y su importante contribución al crecimiento de los barrios. El 22 de abril de 1897 se inaugura el tranvía eléctrico, que reemplaza la tracción por medio del caballo, en 1905 la Compañía Anglo Argentina unifica el boleto del tranvía a 10 centavos, para cualquier distancia, lo que significaba un importante abaratamiento del transporte. En este mismo año el sistema de tranvías llega a una extensión de 644 Km., una cifra realmente importante, que más allá de las estadísticas, refleja el tango cuando en Corrientes y Esmeralda,  Celedonio Flores dice en una cuarteta:

El “Odeón” se manda la Real Academia,
rebotando en tangos el viejo “Pigall”,
y se juega el resto la doliente anemia
que espera el tranvía para su arrabal

El primer subterráneo de la América del Sur (por ese entonces, solamente 12 ciudades del mundo  contaban con este servicio) se habilitó el 1ro. de diciembre de 1913 entre Plaza de Mayo y Plaza Once y al año siguiente llegó hasta Primera Junta.

Los primeros coches con taxímetro, aparecieron en 1903 y el 30 de noviembre de ese mismo año, comienza a recorrer la Av. de  Mayo, la primera línea de ómnibus automotor.

En 1916, se electrifica el tramo Retiro-Tigre del Ferrocarril Central Argentino y en 1923, ocurre lo mismo con el Ferrocarril Oeste.
En 1928, algunos taximetreros comenzaron a realizar viajes levantando pasajeros no relacionados entre sí, compartiendo entre ellos los gastos, es decir se hacen viajes colectivos. Esto da nacimiento a un nuevo medio de transporte, el “colectivo”,  que en principio utilizaba los coches con taxímetro, llevando hasta siete personas.

Más adelante los automóviles fueron reemplazados por vehículos más apropiados, carrozados sobre chasis de camiones. La primera línea, la N° 1, recorría la Av. Rivadavia desde Primera Junta hasta Lacarra, luego se incorporaron diferentes líneas que unían Villa Urquiza y Plaza Italia, esta última con Plaza Once y también Congreso con Plaza de Mayo, la autonomía de este nuevo medio de transporte, al no estar limitado por la vía férrea, permitió el traslado masivo de gente desde y hacia zonas periféricas de la ciudad, lo que se tradujo en un mayor crecimiento geográfico de Buenos Aires.

En forma paralela, el  crecimiento demográfico del país, trajo aparejado el crecimiento edilicio de las ciudades, así Buenos Aires se transformó en una gran metrópolis, que sorprendía a los viajeros que llegaban a su puerto. Existen infinidad de testimonios a ese respecto, uno de ellos, es el del viajero francés Jules Huret, que consigna  Ricardo Luis Molinari en su libro “Buenos Aires 4 siglos” y que se expresaba en 1909, de la siguiente manera:

“Aquel vasto puerto, con sus muelles amplios y limpios como los de un puerto alemán, atestados de navíos en tres y cuatro filas; el orden del desembarco, la cortesía de los funcionarios, la amplitud y comodidad de los locales de la Aduana, los automóviles lujosos que nos conducen a los hoteles a través de las grandes arterias centrales; el movimiento de las calles en que radica el alto comercio...  las grandes oficinas y los animados Bancos que ostentan rótulos con letras de porcelana blanca y os hacen transportaros con la imaginación al centro de la “cite”  de Londres o Hamburgo;  todo esto, visto separadamente  o en conjunto, constituye una gran ciudad europea,  mezcla de las capitales y metrópolis comerciales de Europa”.

 Resulta claro que la visión del viajero francés, se ajustaba a la realidad de aquella ciudad de la primera década del siglo XX, que correspondía al centro y las zonas más ricas de Buenos Aires, pero resultaba  absolutamente  parcial,  ya que la vida de la mayoría de los habitantes transcurría en los barrios y la visión de estos,  tanto en lo edilicio como en el espíritu de sus gentes, era bastante diferente.

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